¿Vemos el vaso medio vacío o medio lleno? ¿Somos optimistas o pesimistas?

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Los optimistas insisten en que vivimos en el mejor de los mundos, mientras que a los pesimistas les preocupa que pueda ser así. Los optimistas se fijan en el lado hermoso o brillante de las cosas y consideran que cada derrota no es más que un retroceso temporal. Cuando se enfrentan a un mala situación, la perciben como un desafío y trabajan muchísimo para darle la vuelta. Esperan un futuro mejor y creen que pueden tener éxito en lo que se propongan hacer. Además, perciben a los otros como si éstos tuvieran una opinión positiva sobre ellos.

Esta clase de actitud hacia la vida conlleva que los optimistas sean, por definición, más felices que los pesimistas. Y ese optimismo da su fruto: las personas que piensan positivamente es más probable que hagan que les sucedan cosas positivas; se enfrentan con más éxito a los acontecimientos estresantes; disfrutan de una buena salud (son menos vulnerables a la enfermedad) y tienen más éxito. Y lo que es más, su optimismo es contagioso. El pensamiento positivo de una persona suscita pensamientos positivos en otras.

Por el contrario, los pesimistas descalifican lo positivo, ya que lo ven todo a través de un filtro negativo. Lamentablemente, ese pesimismo acostumbra a ser, con frecuencia, una profecía que se cumple a sí misma. Para aumentar aún más los efectos negativos, los pesimistas pueden desalentar a los demás con su actitud negativa, con lo que refuerzan su estado mental negativo. Mientras que los optimistas se crean su propio cielo y disfrutan del viaje, lo pesimistas son los arquitectos de su propio infierno, adoptando el papel de torturador. Como creen que los malos acontecimientos son inevitables y duraderos, abandonan la esperanza con facilidad. Experimentan una falta de eficacia para cambiar el curso de los acontecimientos de sus vidas.

No hay duda de que cualquier perspectiva hacia la vida necesita equilibrio. Un exceso de optimismo (sí, existe una cosa así) conduce a que uno se engañe a sí mismo y a actuar de una forma destinada al fracaso, mientras que un pesimismo excesivo conduce a la parálisis. Si vamos a involucrarnos en una toma de decisiones eficaz, necesitamos tener la capacidad de distinguir entre las cosas que podemos controlar y las que no, una distinción que un optimismo saludable intensifica.

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