¿Tienes tiempo para ti?

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Haz una lista de las cosas que te hacen feliz y luego haz una lista de las cosas qué haces todo los días, compara las listas. Ajustar como corresponda.
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No tengas miedo de lo que todavía no es

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Disfruta de tu presente

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Nunca volverás a ser tan joven como en este momento.

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Estrés

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Vivir apurado para estar en todos lados,
(pero no estar en ninguno)
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Psicólogo en Reus

 

 

Me llamo Marta Salvat y soy Psicóloga Sanitaria (Colegiada Nº 24558) especializada en Psicología Clínica y de la Salud,  Hipnosis Clínica y Programación Neurolingüística. Ayudo a las personas a reencontrarse con su BienestarSalud y Calidad de vida en mi consulta BenSalut de Reus (Tarragona).

¿Qué se puede trabajar en terapia? Cualquier cosa que limita o dificulta tu vida; ya sea de tipo emocional, como ansiedadestrésdepresióninseguridad, miedos, fobias, obsesiones, conflictos internos, bloqueos, traumas, duelo, malos hábitos, problemas de pareja y un largo etcétera. Ya sea para mejorar problemas de Salud, como insomnio, alergias, hipnosis para adelgazarhipnosis para dejar de fumar, Fibromialgia, HipnoParto, etc. O ya sea para potenciar tu desarrollo personal, como aumentar la confianza en ti mismo, el logro de objetivos, toma de decisiones, o incluso aumentar la creatividad y eficacia. Más información

Si tu vida se esta poniendo difícil…

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felicidades, es porque estas subiendo de nivel.

Existen dos tipos de “cansancio”

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Uno por la necesidad extrema de dormir, y el otro por la necesidad extrema de paz. bensalut.com

¿Cuánta vida…

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…te esta costando tu sueldo?

Si no tienes tiempo…

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Si tienes tiempo medita 10 minutos al día. Si no tienes tiempo, medita una hora.

La enfermedad de estar ocupado

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Hace unos días me encontré con una buena amiga. Me detuve para preguntarle qué tal le iba y saber cómo estaba su familia. Puso los ojos en blanco, miró hacia arriba y en voz baja suspiró: “Estoy muy ocupada… muy ocupada… demasiadas cosas ahora mismo.” Poco después, le pregunté a otro amigo y le pregunté qué tal estaba. De nuevo, con el mismo tono, la misma respuesta: “Estoy muy ocupado, tengo mucho que hacer.” Se le notaba cansado, incluso exhausto.

Y no sólo nos pasa a los adultos. Cuando nos mudamos hace diez años, estábamos emocionados por cambiarnos a una ciudad con buenos colegios. Encontramos un buen vecindario con mucha diversidad de gente y muchas familias. Todo estaba bien. Después de instalarnos, visitamos a uno de nuestros amables vecinos y les preguntamos si nuestras hijas podrían conocerse y jugar juntas. La madre, una persona realmente encantadora, cogió su teléfono y empezó a mirar la agenda. Pasó un rato deslizando la pantalla y al final dijo: “Tiene un hueco de 45 minutos en las próximas dos semanas. El resto del tiempo tiene gimnasia, piano y clases de canto. Está muy ocupada.” Los hábitos destructivos empiezan pronto, muy pronto.

¿Cómo hemos terminado viviendo así? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? ¿Por qué se lo hacemos a nuestros hijos? ¿Cuándo se nos olvidó que somos “seres” humanos y no “haceres” humanos? ¿Qué pasó con el mundo en el que los niños se ensuciaban con barro, lo ponían todo perdido y a veces se aburrían? ¿Tenemos que quererlos tanto como para sobrecargarlos de tareas y hacerles sentir tan estresados como nosotros? ¿Qué pasó con el mundo en el que podíamos sentarnos con la gente que más queremos y tener largas conversaciones sobre nosotros mismos, sin prisa por terminar?¿Cómo hemos creado un mundo en el que tenemos más y más cosas que hacer con menos tiempo libre (en general), menos tiempo para reflexionar, menos tiempo para simplemente… ser?

Sócrates dijo: “Una vida sin examen, no merece ser vivida.

¿Cómo se supone que podemos vivir, reflexionar, ser o convertirnos en humanos completos si estamos constantemente ocupados? Esta enfermedad de estar “ocupado” es intrínsecamente destructiva para nuestra salud y bienestar. Debilita la capacidad de concentrarnos completamente en quienes más queremos y nos separa de convertirnos en el tipo de sociedad que tan desesperadamente clamamos. Desde los años 50 hemos tenido tantas innovaciones tecnológicas que nos prometimos hacer nuestras vidas más fáciles, más rápidas, más sencillas. Aun así, hoy no tenemos más tiempo disponible que hace algunas décadas.

Para algunos de nosotros, “los privilegiados”, las líneas entre el trabajo y la vida personal desaparecen. Siempre estamos con algún aparato. Todo el tiempo. Tener un smartphone o un ordenador portátil significa que deja de existir la división entre la oficina y nuestra casa. Cuando los niños se van a la cama, nosotros nos conectamos. Una de mis rutinas diarias es revisar una avalancha de correos. Estoy constantemente enterrado bajo cientos y cientos de correos, y no tengo ni la más remota idea de cómo detenerlo. He intentado diferentes técnicas: respondiendo sólo por las mañanas, no respondiendo los fines de semana, diciéndole a la gente que nos comuniquemos cara a cara… Pero siguen llegando, en cantidades ingentes: correos personales, correos del trabajo, incluso híbridos. Y la gente espera una respuesta a esos correos. Ahora, resulta que quien está demasiado ocupado soy yo.

La realidad es muy diferente para otros. Para algunos, tener dos trabajos en sectores mal pagados es la única forma de mantener una familia a flote. El veinte por ciento de los niños de EE.UU. viven en la pobreza y muchos de sus padres trabajan por salarios mínimos para poner un techo sobre sus cabezas y algo de comida en la mesa. También están muy ocupados. Los viejos modelos (incluyendo el del núcleo familiar sólo con un padre trabajando, si es que tal cosa alguna vez existió) ha pasado de largo para muchos de nosotros. Sabemos que existe una mayoría de familias en las que la unidad familiar está separada o con ambos padres trabajando. Y no funciona. No tiene que ser así.

En muchas culturas musulmanas, cuando quieres preguntarle a alguien qué tal le va, dices: en árabe, ¿Kayf haal-ik? o, en persa, ¿Haal-e shomaa chetoreh? ¿Cómo está tu haal? ¿Qué es ese haal por el que preguntas? Es una palabra para preguntar por el estado transitorio del corazón de uno. En realidad preguntamos “¿Cómo está tu corazón en este momento exacto, en este mismo suspiro? Cuando nosotros preguntamos “¿Qué tal estás?”, esto es exactamente lo que queremos saber de la otra persona.

No pregunto cuántas cosas tienes por hacer, no pregunto cuántos correos tienes pendientes de leer. Quiero saber cómo estás en este preciso momento. Cuéntame. Dime que tu corazón está contento, dime que tu corazón está dolorido, que está triste y que necesita contacto humano. Examina tu propio corazón, explora tu alma y después cuéntame algo sobre ambos. Dime que recuerdas que sigues siendo un ser humano, no sólo un “hacer” humano. Dime que eres algo más que una máquina completando tareas. Ten esa charla, ese contacto. Ten una conversación sanadora, aquí y ahora. Pon tu mano en mi hombro, mírame a los ojos y conecta conmigo por un segundo. Cuéntame algo sobre tu corazón y despierta al mío. Ayúdame a recordar que yo también soy un ser humano pleno que necesita contacto con otros humanos.

Enseño en una universidad en la que hay muchos estudiantes orgullosos de sí mismos con el estilo de vida “estudiar mucho, desfasar mucho”. Esto probablemente podría ser un reflejo de buena parte de nuestro estilo de vida. No tengo soluciones mágicas. Lo único que sé es que estamos perdiendo la capacidad de vivir una vida plena. Necesitamos una relación diferente con el trabajo y la tecnología. Sabemos lo que queremos: una vida con significado, sentido de humanidad y una existencia justa. No es sólo tener cosas. Queremos ser completamente humanos.

B. Yeats escribió una vez: “Se necesita más coraje para escudriñar los rincones oscuros de tu propia alma que para luchar en un campo de batalla.”

¿Cómo se supone que vamos a examinar los rincones oscuros de nuestra alma si no tenemos tiempo? ¿Cómo podremos vivir una vida sujeta a examen? Siempre soy prisionero de la esperanza, pero me pregunto si estamos dispuestos a reflexionar sobre cómo hacerlo y sobre cómo vivir de otra manera. De alguna forma, necesitamos un modelo diferente de reorganización individual, social, familiar y humanitario. Quiero que mis hijos se ensucien, que lo ensucien todo y que incluso se aburran. Quiero que tengamos un tipo de existencia en el que podamos detenernos por un momento, mirar a otras personas a los ojos, tocarnos y preguntarnos mutuamente ¿cómo está tu corazón?. Me estoy tomando tiempo para reflexionar sobre mi propia existencia; estoy lo suficientemente en contacto con mi propio corazón y alma para saber cómo me siento y para saber cómo expresarlo.

¿Cómo está tu corazón hoy? Déjame insistir en un tipo de conexión humano-a-humano en la que cuando uno de nosotros responda “Estoy muy ocupado”, podamos responder “Lo sé. Todos lo estamos. Pero quiero saber cómo está tu corazón.”

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Fuente: Omid Safi

Aprende a desconectar

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Es fácil que cualquiera haya sufrido una situación en la que durante un periodo de tiempo tuviese dificultades serias para desconectar del trabajo. Noches sin dormir, preocupación constante por los problemas laborales, ansiedad, puede que molestias físicas: dolor de cabeza, molestias gastrointestinales o cansancio todo el día, irritabilidad, conflictos con la pareja y malhumor… todo debido a la dificultad para dejar a un lado el área laboral y dedicarnos exclusivamente a lo que estamos haciendo en ese momento.

Las causas pueden ser variadas y conviene distinguir inicialmente que es lo que está sucediendo, el abordaje será distinto si el problema radica en:

  • Estrés: Cuando no podemos hacer frente a las demandas del ambiente, por exceso de tareas o por falta de recursos materiales o psicológicos.
  • Burnout: o síndrome del quemado:  Deterioro y cansancio excesivo progresivo unido a una reducción drástica de energía acompañado a menudo de una pérdida de motivación que a lo largo del tiempo afecta las actitudes, modales y el comportamiento general. No es situacional, tiene un carácter crónico y suele darse en personas que trabajan de cara al público, atención al cliente.
  • Moobing: o acoso laboral, cuando se producen conductas de humillación o agresiones, físicas o psicológicas por parte de compañeros de trabajo, clientes o superiores.
  • Personalidad exigente: Personas que tienen un nivel de exigencia muy alto y la necesidad de cumplir absolutamente todos sus objetivos y de manera perfecta.
  • Problemas con los compañeros: Conflictos con los compañeros de trabajo que no son resueltos.

Cada una de estas situaciones presenta particularidades que harán diferentes su abordaje. En cualquier caso  ahora nos centraremos en cómo afrontar y desconectar cuando el problema es el estrés y la autoexigencia, o sencillamente la “rumiación” de situaciones laborales.

Para desconectar y disfrutar de tu tiempo de ocio es importante que tengas en cuenta estos aspectos:

  1. Relativiza:Aprende a dar la importancia adecuada a cada cosa, descubre tus pensamientos catastróficas y combátelos.
  2. Organízate:La gestión del tiempo es fundamental para afrontar el estrés, diferencia exhaustivamente tú tiempo  de ocio y trabajo y cúmplelo.
  3. Delega tareas y pide ayuda cuando se trate de tareas que se escapan a tus posibilidades de resolución.
  4. No procrastines: Demorar tareas aumentará el estrés y la sensación de ineficiencia, además estarás continuamente pensando en lo que dejaste sin hacer.
  5. No dejes conflictos laborales abiertos:Resuelve aquellas situaciones que te hayan generado malestar con jefes y compañeros, afrontarlas adecuadamente hará que las posibilidades de llevártelas a casa se reduzcan notablemente.
  6. No trabajes en casa hasta tarde. Si es necesario que lleves trabajo a casa, ponte un horario razonable, cúmplelo y no termines justo antes de irte a la cama.
  7. Busca una actividad agradable que disfrutes y que te permita recargar energía: el deporte en especial eleva los niveles de dopamina y serotonina funcionando como antidepresivo.
  8. Mantén tus relaciones sociales: Apóyate en las personas que te hacen sentir bien y comparte momentos agradables.
  9. Márcate retos:Actividades que te motiven y puedas realizar.
  10. Pon una hora concreta al día para pensar durante 15 min. Relega todo pensamiento o preocupación sobre el trabajo a ese momento que has fijado: “de acuerdo, ya lo pensaré luego”. Ese será el momento para pensar y buscar posibles soluciones.

 

Nuestros hábitos son muy importantes

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Recuerda: Siempre sal de la oficina ¡A TIEMPO!

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¿Y si en lugar de esperar lo creamos ya?

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En lugar de preguntarte cuándo son tus próximas vacaciones, quizá deberías crear una vida de la que no necesites escapar.   bensalut.com

La ansiedad…

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…es la mente, yendo más deprisa que la vida.
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Si nunca tienes tiempo…

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puede que cuando quieras, ya no tengas tiempo
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El tiempo es limitado e irrecuperable, pero parece que no es bastante motivación para hacer una buena gestión.

Cuando 24 horas no bastan“Voy de bólido”. “Estoy agobiadísimo”. “De trabajo, hasta las cejas”. “Voy de culo”. “Escopetado”. “Estoy liadísimo”. “No paro”… Este abanico de expresiones es cada vez más habitual para explicar el estado vital de la sociedad del siglo XXI. Padres, madres, trabajadores y trabajadoras cuyas agitadas vidas tienen una característica en común: la falta de tiempo.

Es lo que le sucedía a Brigid Schulte, una exitosa periodista de The Washington Post, casada y madre de dos hijos, quien llevaba años inmersa en una frenética carrera contra el paso de las horas. Schulte quería llegar a todo, tanto a nivel profesional y familiar. Un esfuerzo (seguro que conocido para muchos), que la dejaba exhausta: “Sentía que no tenía tiempo, que no hacía bien lo que tenía que hacer y que no atendía a mi familia debidamente… Me sentía culpable”, explicó en una entrevista en la NPR, la radio pública de Estados Unidos, donde detalló como, en su afán de “no destrozar la infancia de mis hijos”, se encontró un día en la cocina, a las dos de la madrugada, preparando cupcakes para la fiesta del colegio de sus retoños. Aquello fue un aviso. Como también la breve anotación en su diario (escrita asimismo a las dos de la madrugada) que rezaba: “Pánico. Me despierto llena de pánico”.

Llegó a un punto en el que Schulte se dio cuenta de que aquella vida era, básicamente, imposible. Sin embargo, en vez de tomarse un descanso, escribió un libro, publicado hace unos meses en Estados Unidos, donde trata de entender por qué las sociedades más desarrolladas, caracterizadas por la abundancia de bienes, carecen de uno de los más básicos: tiempo de asueto, algo que ella misma estaba sufriendo en su día a día. El libro se titula Overwhelmed: work, love and play when no one has the time (Abrumados: trabajo, amor y ocio cuando nadie tiene tiempo), y fue objeto de una extensa reseña en The New Yorker, por parte de la también reconocida periodista Elizabeth Kolbert. A partir de la experiencia personal de su autora, explica que el “ir de bólido” no se da solamente en las grandes ciudades, sino también en localidades supuestamente más tranquilas (como en Fargo, Dakota del Norte, donde Schulte descubrió que hay madres tan estresadas como ella); que las presiones del tiempo se estudian en congresos internacionales y en universidades como Oxford y que las madres trabajadoras son las que más las sufren. “Todavía no tenemos modelos a seguir de lo que es una pareja donde el reparto de tareas es equitativo”, se explayó en la NPR. “Por eso las mujeres cargan con el trabajo en la casa y en el cuidado de los niños, mientras que la esfera de los hombres sigue siendo primordialmente su trabajo fuera del hogar”.

Esto último no es necesariamente una novedad: el reparto del trabajo entre hombres y mujeres en el hogar sigue siendo una cuenta pendiente (y uno de los principales motivos de divorcio). Sin embargo, sí que hay un punto que reseña Schulte en su libro que resulta novedoso: el no tener tiempo, el estar ocupadísimo, se está convirtiendo en un símbolo de estatus. En una nueva manera de competir socialmente. Es quién recibe más watsaps, se pasa más horas en la oficina o viaja más por motivos de trabajo; hace las vacaciones más frenéticas o recorre más kilómetros llevando a los niños a extraescolares. Responder a un ¿cómo estás? con un “liadísimo/a” se ha convertido en una respuesta estándar destinada más a despertar una punzada de envidia que conmiseración. Algo similar sucede con frases tipo: “No tenemos un fin de semana libre hasta enero”, que hoy tienen más connotaciones positivas que negativas.

Un error, porque el estar constantemente liado “sienta mal, muy mal”, asegura Nathalie Lizeretti, psicóloga. “De entrada –enumera– porque genera un estado constante de insatisfacción, además de estrés, ansiedad, sentimientos de soledad, de incomprensión y de aislamiento. De tener muchas cosas entre manos y no cerrar nada. De estar pero no estar. De hacer pero no hacer”.

Un hacer sin hacer cada vez más característico de la trepidante sociedad actual. Otra singularidad que destaca el libro de Schulte es la cantidad de tiempo que la gente pierde pensando en lo que tiene que hacer. Un mecanismo mental que también genera mucho estrés. “Tenemos tendencia a atender lo urgente y lo reciente, y olvidamos priorizar, decidir, valorar qué debemos o queremos atender: es decir, olvidamos o incluso perdemos la capacidad de valorar qué es lo realmente importante”, describe Natalie Lizeretti. Todo ello, resume, “genera de nuevo esa desagradable sensación de insatisfacción: no he cerrado nada de lo que quería cerrar y tengo la sensación de pérdida de control. Voy apagando fuegos sin pararme a pensar si el fuego existe realmente”.

La sociedad del agobio del siglo XXI tiene poco que ver con la sociedad del ocio que, hace casi cien años, predijo John Maynard Keynes. En 1931 este influyente economista británico escribió Posibilidades económicas para nuestros nietos, un breve ensayo donde expresaba su optimismo por el futuro pese al difícil contexto económico de aquel momento histórico. Keynes imaginó que, hacia el 2028, el nivel medio de vida en Estados Unidos y Europa habría aumentado tanto que la gente, con las necesidades básicas satisfechas, no necesitaría trabajar más de quince horas semanales. El resto de su tiempo lo dedicarían al ocio y la cultura. En consecuencia, el reto de la sociedad, con tanto tiempo libre, sería cómo emplearlo.

Keynes acertó en la primera parte de sus predicciones: ni siquiera cien años después de su ensayo el nivel de vida en los países industrializados ha aumentado ostensiblemente. Pero erró en su otra parte de su hipótesis: la gente hoy se siente más agobiada que nunca y el ocio, para muchos, es algo prácticamente inexistente.

¿Qué ha ido mal? En Revisiting Keynes, una recopilación de ensayos editada por Lorenzo Pechi y Gustavo Piga, se dan algunas respuestas. Como que el economista “subestimó el placer que el trabajo proporciona a muchas personas”, para las cuales es una forma de realización vital. No todo el mundo, en definitiva, ansía dejar de trabajar. Tampoco tuvo en cuenta un factor importante de la naturaleza humana: la tendencia a tener más y más bienes. Del último gadget electrónico a los últimos modelos de bolsos y coches… Una insaciabilidad que también se traslada a otros campos, como el afán por vivir nuevas experiencias, cuanto más excitantes, mejor. En definitiva: al tener más y más por hacer y por comprar, cada vez es más raro el dedicarse a cosas inmateriales, como sentarse un ratito a disfrutar del atardecer.

Asimismo, señalan los expertos, Kenyes no tuvo en cuenta una cuestión tan clave como es el reparto inequitativo de esos bienes que iban a ser la base del excedente de tiempo en la sociedad futura. Sin duda, se quedaría espantado si levantara la cabeza y viera como, en este siglo, aumentan la acumulación de riqueza y la brecha entre pobres y ricos (sólo en España son 30 las familias que se reparten gran parte del capital nacional, según la revista Forbes). Incluso en los países más prósperos no todo el mundo tiene las necesidades básicas cubiertas que Keynes predijo.

Sin embargo, algunos investigadores revelan que son precisamente los más ricos los que menos tiempo tienen. En The New Yorker, Elizabeth Kolbert cita el trabajo del estadounidense Daniel Hamermesh, profesor de economía especializado en el uso del tiempo. En su estudio Not enough time? (¿Sin tiempo suficiente?) Hamermesh  asegura que ir agobiado es la maldición de la gente, detalla: “De mediana edad y con un nivel educativo más alto en los países ricos”. Aunque el docente no se compadece de ellos porque, “este agobio, como las largas jornadas laborales, es algo que este tipo de gente o, como mínimo, la sociedad en la que viven, ha sido escogido por ellos mismos”. Sin olvidar, recalca, que aquellos quienes expresaron sentirse más presionados por la falta de tiempo son los que se sienten menos presionados por problemas financieros.

Hamermesh cree que esta coyuntura ha sido desatada, por un lado, por el aumento de las diferencias salariales que ha caracterizado la evolución de la economía en los últimos 35 años. Pero, también, por los incentivos, cada vez mayores, que se dan a los más preparados para trabajar más horas. En cierto modo, es como si el sector más privilegiado de la sociedad hubiera vendido su alma al diablo: trabajo y dinero, mucho dinero, a cambio de muchas horas. Un pacto que conviene a las empresas (donde los empleados más apreciados siguen siendo los que pasan más horas en la oficina y están más disponibles), y que ha generado un aumento de workaholismo: la adicción de los mejor pagados a trabajar muchas horas. “Se podría argumentar que trabajar para cobrar e, incluso, la adicción a las jornadas laborales largas son opciones libres de cada uno”, escribe Hamermesh. Sin embargo, este experto señala que las conductas de estos profesionales y ejecutivos altamente remunerados, adictos al trabajo, “provocan efectos secundarios en la gestión del tiempo de sus subordinados y en el de sus familiares”.

Las nuevas tecnologías, que permiten estar conectados constantemente, están jugando asimismo un papel importante en este déficit de horas que padece la sociedad occidental. Porque aunque teóricamente permiten ahorrar tiempo y desplazamientos, también roban tiempo personal y de ocio. “Salimos a cenar con los amigos y estamos (nosotros y el resto de la mesa, y los de la mesa de al lado) más pendientes de los whatsapps que recibimos de gente que no está allí que de los amigos con los que estamos cenando”, ilustra la psicóloga Nathalie Lizeretti. “En consecuencia, sí hemos salido a cenar, pero ¿hemos disfrutado realmente de la compañía, de la cena, del entorno? No, imposible. Por esto tenemos una constante sensación de insatisfacción, porque no vivimos de forma plena y auténtica las diferentes experiencias vitales”.

Y de este modo, la vida se escurre alrededor de muchos, indiferente a nuestras prisas. Porque, aunque cada vez hayan más y más cosas que hacer, comprar y experimentar, las veinticuatro horas del día siguen inamovibles. Una realidad que provoca un desequilibrio vital y del que, según Nathalie Lizeretti, son responsables tanto factores externos como internos. “Influyen tanto el trabajo y las cada vez más abundantes obligaciones que nos creamos y que nos crean, como el concepto tan distorsionado de nosotros mismos que estamos construyendo”. Porque entre tantas prisas, dice esta especialista, “a menudo no nos planteamos cuestiones tan básicas como quién queremos ser y, por tanto, no nos planteamos si las cosas que hacemos son lo que realmente queremos o no”. Simplemente nos dejamos llevar por la inercia, cada vez más vertiginosa, que nos impide sentarnos a pensar o, simplemente, a descansar.

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Fuente: Lavanguardia